PICO DE LA MIRANDOLA

Respuesta a la Oración sobre la dignidad del hombre de Pico de la Mirandola, Conde de la Concordia

Digno y apreciado amigo:

Han tenido que transcurrir cinco siglos para que recibas este humilde comentario a tu célebre Oración, y ahora que soy yo precisamente quien tiene que dártelo me acongojo ante una empresa tan descomunal.

Tengo, pues, en mis manos tus disertaciones, con treinta y una disputas tan diversas en géneros y contenidos que me veré obligada a concentrarme sólo en algunas de ellas. Ante todo, quiero dejar establecido que soy una persona que admira profundamente el tiempo en que viviste. Desde siempre me han deslumbrado las hazañas de los condotieros, los magistrales conceptos de Maquiavelo, la perversidad de los Borgia y, sobre todas las cosas, el arte, ese supremo beneficio que alcanzara alturas infinitas en tu siglo y en el que le sucedió.

He palpado de cerca los mármoles esculpidos por Michelangelo Buonarroti. He mirado absorta sus frescos impregnados en muros y bóvedas y he girado una y mil veces alrededor de la estatua portentosa del David, réplica de esa maravilla que es el Hombre, ser inescrutable, plasmado en cada átomo de su perfección; el mismo Artesano, como tú lo llamas, colocara “en el centro del mundo” para que volviera más cómodamente la vista a su alrededor y mirara todo lo que hay en ese mundo. Mundo apenas explorado en su totalidad, de no ser por los alcances de mentes esplendorosas como las de Copérnico, Galileo y Kepler.

A Galileo lo recuerdo con mucha admiración, ya que a muy temprana edad me fue encargado –como ahora- escribir algo acerca de su obra. Por un autor de este tiempo en que yo vivo, llamado Bertolt Brecht, pude adentrarme en el prodigio que representó la existencia de este hombre perseguido como tantos –como tú- por atreverse a desafiar el orden establecido con sus nuevas ideas. No amo menos a los intrépidos navegantes que llenos de arrojo y virilidad se lanzaron por el mar en busca de nuevos horizontes. Qué enfrentamiento más desgarrador tuvieron que haber sufrido todos aquellos que sustentaban las verdades absolutas al ver desmoronarse toda su visión del universo!

Volviendo a lo que nos concierne, hablas de tantas cosas, la mayoría tan ininteligibles para mí, más aún lo relacionado con la teología. Sabes, mi época se está quedando sin Dios. Si ya en tu tiempo la dimensión de lo sagrado y lo profano cobraba otras dimensiones, ¡imagínate quinientos años después! Mucho te entristecerías de saber que el mundo espiritual se reduce a unos cuantos devotos sinceros y una gran molicie de multitudes humanas desposeídas de lo más fundamental que no tienen más refugio que sus creencias.

Por lo demás, la teología no es más la teología. Eso es asunto de unos cuantos interesados y estudiosos. Hoy sólo ves fragmentación de cultos tan diversos como naciones y etnias y caprichos pueden existir en el planeta. El denominador común es la ambición de poder, la capacidad de dominio. El mundo se dividió no mucho después que tú moriste, y es que la Iglesia necesitaba reformas.

No quisiera parecer funesta, pero tú serías el primero en horrorizarte al saber cómo se debaten los poderes de la magia y la sabiduría. Y conste que no hablo de la fantasía, que eso es otra cosa y muy benéfica sobre todo en asuntos del oficio literario al que modestamente yo dedico todos mis empeños. Hablo de la hechicería tan execrada por Júpiter, como tú afirmas. Nuestro siglo ostenta con falsa vanidad sus grandes progresos en el reino de la ciencia. Es un hecho, o puede dudarse, que la evolución ha viajado muy lejos. Pero al mismo tiempo se ha perdido la perspectiva de estos triunfos, puesto que en mucho o ha servido sino para perfeccionar los métodos de la guerra. La guerra, Pico, ya no se libra sólo en los territorios en conflicto. La guerra es un mal que justifican los viles y los ignorantes arguyendo que el hombre tiene por instinto el asesinar a sus semejantes para sobrevivir. Son pocos los humanistas como tú que luchan por desterrar estas ideas. La guerra se generaliza por el orbe y deja a su paso hambre, penas y desolación. Porque no contento con perturbar su hogar, el hombre viaja hasta espacios siderales para probar supremacía. Las estrellas son tan sólo vocablos oportunos en los textos poéticos (algunos), porque hoy las ciudades desprenden vapores venenosos que impiden verlas y que están matando nuestra tierra. Hemos ido demasiado lejos.

Nada de esto sospechaste que pasaría, pero en cambio tocaste lo más profundo y verdadero que nos sigue dejando perplejos: la libertad del individuo, la libertad de ser lo que se quiere ser, la libertad de escoger, de sobreponerse al destino. Tú bien sabes qué largo ha sido el trayecto para desentrañar el enigma de la existencia humana. Primero, fue la naturaleza, después fueron los dioses; más tarde fue –y sigue siendo- la civilitas. Pronto será el horror de la tecnología y la deshumanización. Los fantasmas siguen al acecho.

Si yo le hablara a un hombre de mi tiempo, estas últimas palabras carecerían de sentido pues de tanto usarlas se han convertido en lo que se conoce por lugares comunes. Pero tú, que estás ajeno al oprobio referido puedes, tal vez, apreciarlas en su intencionalidad profunda.

Es preciso hablar de algo que nos atañe a ambos y esto es la Filosofía. A mí, como a ti mismo, la filosofía me enseñó a confiar “de mi propio sentir más que de los juicios de otros”. Si tú te quejas de tu tiempo porque filosofar “tira más a desprecio e injuria que a honor y gloria”…qué te puedo yo decir. Nada ha cambiado en este sentido. Si ya se hacía mofa, por ejemplo, de don Alfonso el Sabio porque “de tanto mirar las estrellas se le cayó la corona”, qué no dirán en pleno fin de siglo XX cuando a un desdichado se le ocurre convertirse en filósofo. Quizá precise decirte que yo me desposé con uno: únicamente con él logré ser feliz porque sumergido en las aguas del conocimiento supo embalsamarme como no lo hubiera hecho un galeno o un ingeniero o un tenedor de libros. La filosofía lo hizo un hombre generoso, aunque impráctico. Pero yo lo amo, no pese a que sea filósofo, sino justamente por serlo.

Perdóname si ofendo tu pudor y castidad con referencia al amor pagano. Realmente no me explico cómo osaste destruir cinco libros de poesía amatoria. ¡No sabes el éxito que hubieran tenido en este tiempo! Eso sí, para que sepas, hay poetas por doquier. Poetas aquí, poetas allá, poetas en todas partes. ¡Todo mundo es poeta, o al menos eso pretende, en nuestros días! Será que de tanto fango es menester recurrir a la alquimia de nuevo para convertir ese fango en algo vivible, respirable, expresable. Tal vez sí existan tantos poetas antes y después de todo.

Hablando de poetas, y ahora que sabes que quien te escribe esto es una mujer, me gustaría hacer alusión al Mercurio Latino y con él a Hermes Trigmegisto, porque de él emana parte de los que inspiró un célebre poema, escrito por alguien del Nuevo Mundo del que ignoro si tuviste noticia. Digo esto porque el almirante Colón  tocó tierra firma en 1492, y tú moriste dos años después. El caso es que en este nuevo mundo desde donde yo te escribo, vivió una mujer extraordinaria conocida como “la Décima Musa”, quien recoge la influencia hermenéutica para su poema filosófico llamado “Primero sueño”: “Siendo de noche, me dormí, soñé que una vez quería comprender todas las cosas de que el Universo se compone”. Puedes ver que aquí también tuvieron resonancia las expresiones de Parménides y Empédocles. Nuestra sor Juana, resguardada en un convento, como lo hiciste tú al final de tus días, indaga lo oculto y al hacerlo busca concordancias entre el universo y el hombre y se intriga ante la armonía de las esperas celestes. Sor Juana recurre al sueño como forma de conocimiento y comparte la idea de que el alma se desprende del cuerpo y viaja persiguiendo la revelación de los enigmas.

Otro asunto que quiero mencionarte es que lo que nunca pudo reconciliarse fue la metafísica de Platón con la de Aristóteles, como tú hubieras soñado. Nadie, según tengo entendido, ha podido unir lo que es independiente en cada extremo. ¿Te imaginas cuántos filósofos posteriores a tu tiempo han seguido las huellas del realismo y del nominalismo?  Imposible nombrarlos a todos y menos en qué consisten sus interminables disertaciones.

Por último he de hablarte de una admiración que ambos compartimos por un ser mucho más que admirable. Me refiero a tu amigo Savonarola. Hace años, cuando limpiaba el cajón de pertenencias de mi abuelo, justo después de su muerte, encontré entre papeles viejos y amarillentos unos versos atribuidos a Jerónimo, escritos en cuartetos endecasílabos:

…         Eres la voluntad inquebrantable,

el bien eterno la virtud potente;

de la verdad inagotable fuente

porque eres la Razón Universal.

En su mezquina estupidez el hombre

se forja un Dios indigno de alabanza,

ebrio de odio, cólera y venganza,

terrible y sanguinario como él.

Qué cerca estaba nuestro Einstein (un hombre de todos los tiempos), cuando en su credo cósmico nos dice:

“No creo en el dios teológico que recompensa a los buenos y castiga a los malos. La presencia de un poder

racional superior revelado en el universo incomprensible constituye mi concepto de Dios”.

Y bien, mi querido Giovanni Pico, he tenido como bien inmerecido el poder hablarte, sabiendo que no me considerarás atrevida ni soberbia por dirigir mis pensamientos a ti. Los hombres de mi tiempo se reirán de mi lenguaje, pues lo considerarán arcaizante y desusado, pero yo sé que tú lo comprenderás. Lleguen entonces mis palabras que por muy apreciable conducto, via Gulielmo Perina, quedarán en tus manos.

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