DEATHWATCH

Leer en agonía

 

(Adaptación para relato breve

de la novela La vigilia de la muerte)

 

Zulai Marcela Fuentes

 

A Bruce, en recuerdo de nuestro trabajo

 

…y la muerte no tendrá dominio sobre mí,

y la muerte no tendrá pretexto como causa,

y mi muerte no será sino un núcleo liberado.

Bruce C. Moore

 

Léeme para morir en paz, para que me muera satisfecho. Te prometo no interrumpir, si acaso cuando suspire. Léeme, porque así será como irme contento con las palabras de un amigo; partir con un amigo o una amante, no como se van los muertos, no como se van cuando se mueren solitarios. Y cuando me muera, sígueme leyendo porque dicen que los muertos siguen escuchando. Algo así me habría dicho Bruce Moore un día cuando hablábamos del epitafio que según él quería que se leyera cuando lo veláramos, justo antes de entrar al horno crematorio o bajar a la tumba. Y no dejes de leerme durante las exequias, antes de que se vayan todos a sus casas y comiencen a olvidarme.

     Lo recuerdo a cuentagotas entre telarañas, con el sudor rancio que me quema los ojos y luego me sabe a hiel, cuando voy a la bodega a desentrañar papeles que han dormido la mona de la eternidad en ataúdes de cartón, sin esperanza de cobrar vida; son embriones disecados o desechos: mudos testigos del fracaso. Su afán quedó asfixiado por el polvo, ahora yacen amarillentos y manchados por los años y a la vez impregnados de ese tufo que evoca el vacío donde no hay nada sino partículas amotinadas y una humedad contumaz en medio del más absoluto y corrosivo abandono. Entre miles y miles de hojas muertas logro desentrañar los textos de Bruce, con el mórbido deseo de saber si aún conservan un hálito de vida después de veinticinco años de hibernación. Esta duda parece disiparse cuando leo nuestras palabras: “Me he vuelto el eje del alma de Dios, albergo en mi mente el secreto de su maestría, y sólo busco revelar a esos veloces y diversos paradigmas de la dulce mortandad su manantial perenne como un sentir cabal pero sutil”.

     Bruce era un individuo de menos de cuarenta años, no muy alto. Su tez mostraba el color de la muerte futura, aunque en medio de la palidez grisácea asomaba una tímida coloración rosada en las mejillas que lo hacía parecer un rollizo querubín de retablo churrigueresco. Cuando lo conocí me dijo que había soñado que la fecha de su muerte sería un 6 de julio, por eso tenía la urgencia de saber si yo me animaría a traducir sus textos de poesía. Le dije que sí, después de escucharlo leer sus poemas en voz alta. Contaba con escasos treinta días para verter en español la lírica personal de un pintor de Atlanta, Georgia condenado a morir de un cáncer en etapa terminal. Por él supe que cuando lo sometieron a quimioterapia, su capacidad creadora se vio truncada y prefirió huir de los médicos de Atlanta que le daban si acaso cuatro meses de vida. Ya había pasado un año desde entonces, y él decía que continuaba vivo gracias a que suspendió la quimio que lo postraba, y por haber regresado a México donde había pasado los últimos diez años de su existencia bohemia. Aquí continuó viviendo a base de potentísimos calmantes opiáceos que podía adquirir sin mayores restricciones de las autoridades sanitarias. Lo prefería a vivir inerte como fardo sin hacer nada. Pintaba y escribía sin detrimento de sus habilidades, aunque tuvieran que inyectarlo cada tres o cuatro horas antes de que el dolor regresara a  torturarlo.

    Sus pinturas eran fascinantes por ser la obra de un agudo observador que contempla el universo y lo descifra en sus dimensiones oscuras y profundas, con la iluminación de un artista compenetrado desde las entrañas con la naturaleza, con todo lo terrestre; alguien cuyos instintos funcionaban por estímulo de los elementos naturales al utilizar arena, rocas volcánicas, huesos de animales, fósiles marinos, para aplicarlos en la tela con mezclas acrílicas, granos de cuarzo, ónix y obsidiana, jade, ámbar y turquesa, polvos minerales, arcilla y otros materiales insólitos que recuerdan la noche con su luna, sus estrellas, el cielo nocturno iluminado, el mar insondable, los ojos del jaguar y los torrentes de lava volcánica. El negro lo obsesiona, pocos, salvo Beatriz, pueden imaginar qué hacer con el negro como lo hace Bruce. Tiene un cuadro enorme negro y plateado cuya textura da la sensación de una explosión sideral; un tríptico, especie de paisaje lunar, ocupa la pared entera de su pequeñísimo departamento de más allá de Pantitlán, qué odisea.

     Los días se correteaban pisándose los talones, y yo arremetía contra el reloj para avanzar a trompicones en el trabajo arduo y desafiante de la traducción. Faltaba sólo una semana para que se cumpliera el deadline del 6 de julio, y a mí sólo me faltaba Deathwatch, el último poema. Pero me agotaba, porque trabajaba a ritmo vertiginoso calando, cincelando, lijando, puliendo, meditando y poniendo en marcha todo lo que soy y lo que sé para ganarle a la Dientona; así que cuando me ponía a leerle mi versión, él se extasiaba tanto que hasta parecía estarse recuperando; yo en cambio sentía estar tomando su lugar… “¿Me iré acaso tan lento como el sol / con tibia y cálida elegancia? O tal vez como la luna en frío misterio / como depósito vago en el vientre de la noche. ¿Habré partido cuando tú despiertes de esa juerga informe que se llama sueño?

¿Estás seguro de que te vas a morir en el plazo que dijiste?, bromeábamos los dos. Le reprochaba que hubiera sido un mentecato por hacerme creer eso de la revelación con tal de ponerme a trabajar sin tregua, se reía. Pero bueno, de que iba a morirse pronto no quedaba la menor duda. Un cáncer terminal como el de él no admitía pronósticos optimistas. Cada día que pasaba era una zancada gigantesca de la Huesuda. Yo vivía en función de su desenlace. Pero mi mano fluía como si fuese la de él; como si al seguir el proceso de su declive, lingüística y emocionalmente, éste se volviera mi propio declive y extinción. ¿Qué es, después de todo, la poesía? Este hombre había depositado en mis manos unas hojas de papel con signos y significados para que yo formara otros signos y otros significados equivalentes. Había que buscar confluencia de sentidos, de estructura, acercarme a su  propósito y a su estilo. Todo, antes de que la muerte lo reclamara para sí.

     Ya era tarde para reflexionar y más para cambiar de rumbo, había que remar o naufragar antes de llegar a la otra orilla. Yo me preguntaba a veces, —no muchas para no arrepentirme de lo que estaba haciendo— qué sentido tenía para mí todo esto; qué sería lo que me quedara al final de este viacrucis. Y releía: “Te dejo estos sinceros fósiles de mi destino / te dejo la responsabilidad para que desintegres su valor / para que devores sus médulas / para que los integres nuevamente. Te dejo con una sonrisa allí donde quise besarte con mi gracia torpe. Te dejo con su amor que te daría plenitud pese a los profundos surcos de la identidad. Te dejo ahora para que realices los entornos de tu ser en el interior de mi cuerpo interminable, incorpóreo, allí donde estas cosas permanecen y yo no existo más.”

     Así, al releer nuestros textos se disipaban todas mis dudas. Qué otra razón habría para compartir este martirio que el gozo puro de la creación, el entusiasmo de ir nombrando palabras, intenciones, imágenes, cadencias, estados de ánimo, y que el azoro ante la poesía vibrante de un moribundo que se aferraba a la vida para no irse sin dar ese trozo de existencia a sus lectores y así alcanzar la unidad del espíritu donde no importan las barreras del idioma ni las diferencias en los modos de conocimiento o en las manifestaciones de la experiencia. Eso quería Bruce, no irse sin haberles abierto a sus amigos mexicanos la posibilidad de acompañarlo por lo menos a la ribera del Aqueronte y asegurarse así un lugar perdurable en este mundo.

 No quiero irme solo, ya te dije, quiero irme del brazo de las musas, pero que me acompañen mis amigos a través de mi poesía, por eso necesito que esté en español. Transfórmala para darme a entender, para darme a querer, para que no me olviden, porque los muertos no se mueren mientras no se les olvida.

     Terminé mi encomienda, y Bruce seguía allí. Había llegado el 6 de julio y nada ocurrió como en sus revelaciones. —Mentecato, te lo dije, eres un mentiroso. Y pasaron los meses, un año entero durante el cual yo ya hasta me había casado y esperaba a mi primer retoño. Ese tiempo dejé de verlo, sólo platicábamos de vez en cuando por teléfono. Él quería que fuera a visitarlo, pero a mí me cansaba viajar en camiones para ir más allá del fin del mundo con todo y mi barriga, qué locura. En los primeros días de julio Bruce me telefoneó para decirme que por fin iba a exponer sus cuadros en la Galería José María Velasco de Bellas Artes, en Peralvillo. Quería que yo leyera su poema “Blue”, pero a mí me faltaba muy poco para dar a luz. Sin que ello me importara llegué con mi esfericidad a cuestas y muy emperejilada porque sin duda era el gran día de la inauguración de “Vacío y Maravilloso”, como Bruce le llamó a su exposición: óleos y acrílicos sobre tela y sobre papel, carbón y tinta japonesa sobre papel de arroz y técnicas mixtas. Realmente un festín ver toda la obra del artista reunida en varias salas amplísimas, atiborradas de personas donde abundaban las bebidas, los bocadillos y el júbilo. Pero ay, cuando lo vi me consterné: estaba en los huesos, ya no era aquel vasto querubín rollizo de retablo, más bien un fraile mendicante con la barba encanecida, y su mirada parecía revelar que su mente levitaba por remotos estratos de la conciencia. Aun así, en sus labios se dibujaba la pálida sombra de una sonrisa y se le veía feliz. Era su primera y última exposición pictórica importante, y la primera y última lectura pública de su poesía en español. Por fortuna, decidieron llevar a leer a una excelente actriz dramática y a un lector amigo, mientras Bruce escuchaba emocionado desde su silla de ruedas. Acaso pude sospechar alguna gota de rocío desprendiéndose de los ojos que comenzaban a despedirse de ese cuerpo marcescente a cada pálpito de su corazón exhausto.

“Me he vuelto un vestíbulo, una cavidad penetrada hasta el foso del aliento. La vida ha grabado un hurón en mi alma y ha menguado mi luna al exponer la yema célibe de mi ser tan temprano. Yo soy la lluvia, y así la lluvia ha consumado su virtud en una nube al caer en veneración para que el mar pudiera rescatar ese ahogado remanente de lo real. Yo soy el cadáver sangrante que se arrastra al cuchitril inicuo de sus hambrientas fechorías. Yo soy los huesos lamidos hasta la desesperanza secándose y emblanqueciéndose en un desierto de calles empapadas…El corazón profundo de mi mal es azul. Una cosa blue suspendida en rico éxtasis. Su melancolía, combadura jubilosa me sostiene…No busco ya respuesta, porque veo que todo se resuelve en callada sencillez”…

     No sé si en callada sencillez, pero todo iba resolviéndose. A escasas tres semanas de la inolvidable velada del 8 de julio yo me iba de parto, y el 31 de julio de 1988 nacía felizmente mi primer retoño. Todavía cuando estaba sola en el cuarto del hospital le marqué para darle la buena noticia. Su voz, el músculo del alma, estaba fuera de tono, pero alcanzó a decirme que cuando fuera prudente le llevara al chamaco para que lo conociera. Allí estaba yo, en medio de una vida que se marchitaba y otra en plena floración. Mis sentimientos se bifurcaron hacia la congoja y hacia la dicha. Entretanto, agosto transcurrió entre novatadas y dulzuras de maternidad, y  al comenzar septiembre no dejó de llover tenebrosa y obsesivamente toda una semana, lo recuerdo. En octubre, un amigo llama para decirme que Bruce murió hace un mes. Un relámpago antecede al estruendo y lloro a borbotones con mi hijo en brazos. El amigo de Bruce quería verme para entregarme un pequeño cuadro negro que yo no conocía. Me había contado que una mañana se quemaron los frijoles y que Bruce recogió los restos de la olla y esperó a que se secaran para hacerles un tratamiento con sus pinturas, ponerlos sobre el lienzo y rodear el bastidor con un marco negro de molduras anchas; todo en negro, como regalo de bodas que no me había dado. Era el cuadro de los frijoles negros chamuscados, una obra llena de ironía —literal materialización del humor negro— que contrastaba con el vigor y la dicha del primero que me pintó en pago de mi trabajo; juntos forman una pareja inseparable, inseparables entre ellos e inseparables de mí porque continúan invocando su presencia llena de desasosiego y esperanza, su presencia evaporada ante la mirada perpleja de quienes estuvieron con él en su agonía: su partida en medio de una lluvia incesante que perduró por días y que Bruce escuchó caer hasta el final cuando comenzó septiembre. Me dijeron que en efecto estuvieron leyéndole hasta que dejó de empañar el espejo y un buen rato más, por aquello de que él siguiera escuchando. La lectura fue su arrullo, su lullaby. Pidió que le leyeran a Dylan Thomas y a Gregory Corso. Del primero, Bruce tenía una marcada influencia, ahora lo sé con los años y el descubrimiento de los poetas Beat. Lo cierto es que el no poder estar allí me perturbó y más al enterarme todo un mes después. Me sentí vacía, me sentí culpable como me pasa cuando muere alguien a quien amo. Siempre me atormenta la idea de que no me despedí, de que no le dije a esa persona que la amaba, que se hubiera ido para siempre sin haberle agradecido todo lo que hizo algún día por mí, sin pedirle perdón por mis negligencias, por mis descuidos, sin asegurarle que nunca la iba a olvidar, hasta volvernos a encontrar un día de sol y viento en un campo de trigo.

De algún modo pienso que siempre defraudo a todos los que me aman porque nunca he podido evitarles la muerte.  Bruce lo dijo bien, “la lluvia de los cielos salpica su rocío, y no escoge al floreciente o al agonizante”.

     A veces cuando sueño oigo la risa de Bruce cerquita de mi oreja y sé que estamos bromeando; me dice quién sabe qué cosas chistosas y yo le contesto. A veces, cuando esto sucede, siento su aliento en mi nuca y no sé de qué se trata, pero río a carcajadas y Alfredo me despierta y me pregunta qué me pasa.

—Nada, es sólo un sueño, sigue roncando.

Coda

En esta exhumación de los embriones disecados de Bruce Moore y mis versiones, me di cuenta de que a pesar del aparente olvido, hay una llama que nunca se extingue. No sólo desenterré aquellos viejos poemas, sino que encontré unos “nuevos”, es decir material escrito que no había leído nunca y que el muy pillo me había guardado en la mochila por si me animaba a seguir transcribiendo sus garabatos y a intentar su traducción. La vida no acaba cuando termina. Sin embargo, lo más frustrante de esto es que todo el material escrito en inglés y en español quedó inédito, nonato e “intestado”, ya que Bruce nunca dejó claro a quién cedía sus derechos. Yo había esperado veinticinco años para publicar sus originales y mis versiones, tiempo tras el cual habrían pasado a ser del dominio público. Pero cambió la ley, y ahora son 75 años los que tienen que transcurrir. De modo que yo tampoco veré mis versiones salir de la imprenta, al menos que encuentre la forma subrepticia de hacerlo o un resquicio de libertad como el de ahora. Porque leer con la voz ante el público y leer con los oídos no tiene restricción legal ni cuesta lo que cuestan los libros allá afuera.

Las versiones en español de los poemas incluidos en este relato son de Z.M. Fuentes (1987). Los poemas originales fueron escritos en inglés por el pintor y poeta estadounidense Bruce Charles Moore y forman parte del poemario Deathwatch (La vigilia de la muerte).

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Aside

HAPPY NEW YEAR 2014

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