Imágenes de la noche inolvidable de KUKULKÁN. HISTORIA DESFIGURADA, obra póstuma de Juan Duch Gary, en el Casal Catalá de Yucatán.

PRIMERA FOTOGRAFÍA:
El diseñador de la cubierta del libro, Samuel Flores Osorio; Eréndira Peniche García y, por supuesto, el Dr. Mario Ruz Sosa, co-patrocinador y coeditor de la obra, por parte del CEPHCIS de la UNAM en Yucatán.

SEGUNDA FOTOGRAFÍA:
Invitados doña Mercedes Duch Colell de Sauri y don Jorge Sauri Duch

TERCERA FOTOGRAFÍA:
Rodolfo Menéndez y Menéndez, Ana María Aguilar Loría y Noé Peniche Patrón

CUARTA FOTOGRAFÍA:
Candelaria Souza Escalante, José Luis Domínguez Castro y Arathy Mendiburu Carrillo

QUINTA FOTOGRAFÍA:
María Luisa Zepeda Domínguez, Lilian Escalante Esquivel, María Teresa Vinadé Esquivel, Beatriz Escalante Esquivel y Adriana Soler Zepeda, quienes animan, trabajan y echan a andar la música de las esferas en días lluviosos y con sol y en noches perfectas y estrelladas del Casal.

SEXTA FOTOGRAFÍA: “El elenco principal”
Amin Wejebe, el músico que cerró con broche de oro con su magnífica composición en torno a Kukulkán; Josep Ligorred, el co-patrocinador, anfitrión y coeditor de la obra por parte del Casal Catalá de Yucatán, del cual es digno representante y presidente;Zulai Marcela Fuentes Ortega, la editora y representante de Moira Ediciones, que tuvo a su cargo la publicación de la obra; Manuel Mercader, el entrañable poeta y pedagogo y ser querido del clan Duch, Paco Marín, el gran hombre de teatro y recreación vocal de Kukulkán en esta noche, Liliana Burgos Carrillo, la actriz que recreó la voz colectiva de la narración, Ricardo Rodríguez Alemán, el jefe de publicaciones del CEPHCIS de la UNAM y compañero mío de letras de SOGEM, Edith Rodríguez Camps, la amiga del Casal que condujo el evento y María Teresa Mézquita de Varela, la linda Teté, amiga de siempre y prologuista de la obra.

Por supuesto, ni éramos todos los que estábamos…Ni estaban todos los que eran…por ejemplo, Ana Bretón, la paciente diseñadora editorial de la obra, no salió en las fotos, pero estaba (y muy guapa), Claudia Lara, más paciente y solidaria entusiasta y profesional representante del Grupo Impresor Unicornio que puso en tinta y en papel el sueño hecho realidad.

Faltó, por supuesto, Alfredo Tapia Sosa, editor junto conmigo del cuidado editorial de la obra y codirector, junto conmigo también del naciente sello de Moira Ediciones. Y Pedro Emilio, que estaba como siempre ha estado junto con su hermano Ángel, presente en todas las lides amorosas y extenuantes del trabajo de sus padres, aunquen falten sus fotografías.

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Kukulkán. Historia desfigurada por Juan Duch Gary (+)

Josep Ligorred Perramon, presidente del Casal Catalá y Zulai Marcela Fuentes, con el libro de Juan Duch Gary, “Kukulkán historia desfigurada”, el poemario póstumo del escritor yucateco que se presentará esta noche en Mérida.

En contexto

Libro

– Detalles Tuvo un tiraje de 500 ejemplares y se terminó de imprimir el pasado 27 de junio. Coeditores Centro Peninsular de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM y Casal Catalá Península de Yucatán. Se consigue a $100 en la librería de la UNAM y el Casal (número 187 de la calle 14 entre 23 y 25, colonia García Ginerés). Teléfono 925-11-55.


Notas relacionadas
 
 

Publican una obra póstuma De Juan Duch Gary, la presentan en el Casal Catalá  
19/08/2010

“Si Juan Duch Gary viviera me diría: ‘¡Mira cuándo te dignas a publicarme!’”, señala la editora Zulai Marcela Fuentes Ortega al hablar de “Kukulkán, historia desfigurada”, la obra póstuma del escritor yucateco.

El libro, que será presentado hoy jueves a las 8:30 de la noche en el Casal Catalá, aborda desde una visión poética el mito de la Serpiente Emplumada. Y aunque se trata de una obra “grande por su aliento”, Zulai señala que la verdadera importancia del ejemplar es que “se trata de una obra inédita, de la cual nadie tenía noticia, es una novedad editorial, de una estructura literaria que no se le conocía”.

Zulai fue la única persona que tuvo conocimiento de la obra hace 15 años; ni siquiera Angelina Cáceres Acereto, viuda del escritor, sabía del manuscrito.

“Conocí a Juan Duch hace 15 años en la presentación de un libro de Rubén Reyes”, recuerda Zulai, quien estará a cargo de la presentación junto con María Teresa Mézquita.

“Al final de la velada me dijo de un viejo manuscrito suyo en busca de editor. De inmediato expresó el deseo de someterlo a consideración para ver si podía formar parte de la serie de poesía de un proyecto editorial”.

Zulai indica que el manucristo no pudo ser editado “porque estilísticamente era diferente a los poemarios que publicábamos entonces, esto es prosa lírica”.

La editora conservó el texto y Juan Duch y ella siguieron sus caminos. Fue después de una mudanza que Zulai rescató la obra y pensó ya era el momento de publicarla, aunque para entonces el escritor había muerto (falleció en 2003). “Me duele publicar cuando el autor ya ha muerto, lo mismo pasó con una obra de Fernando Marrufo”, dice.

Josep Ligorred Perramón, presidente del Casal Catalá, señala que el objetivo de la publicación es difundir y compartir el orgullo por las culturas maya, yucateca y catalana.— IVÁN CANUL EK

Memorias de una pequeña editora de poesía II por Zulai Marcela Fuentes

Hace ya algún tiempo formaba parte de un grupo de poesía llamado Nautilium (principios de los noventa). Nos reuníamos en el Café La Habana de la Ciudad de México a revisar nuestros textos. Me había acercado a ellos por medio de un amigo común; estaban comenzando a publicar sus trabajos. El grupo era heterogéneo: personas con cierta trayectoria, promisoria en su mayoría; otros ya fogueados en el oficio. De todas las edades, estilos, propuestas, ocho en total. Cumplimos nuestra intención de dar forma impresa a nuestro trabajo. El mío, en particular, había obtenido una mención en un certamen nacional, de modo que el escrutinio fue clemente. Más adelante, decidimos apelar al apoyo financiero del FONCA para publicar obras de otros escritores. Lo obtuvimos por concurso. En mí recayó la responsabilidad legal y la representación del grupo y el proyecto. Con el financiamiento alcanzamos a publicar seis títulos más, entre ellos el primer volumen de una pretendida colección de traducción de poesá: Rilke fue nuestro anfitrión con el cáliz inédito de su Réquiem para una amiga, poema extenso en versión parafrástica de Guillermo Rousset Banda y Petra Scönhage ilustrado por Carla Rippey. Mi esposo y yo trabajamos intensamente al mismo tiempo que esperábamos la llegada de nuestro segundo hijo. En dos años trabajamos con pasión editorial combatiendo, entre nuestros propios compañeros, el culto a la personalidad, la tendencia a publicar –más que poesía– a los poetas amigos, conocidos, recomendados, como parece ser la tónica de muchos sellos editoriales. Combatiendo el capricho y las rabietas por publicar poetas jóvenes, no tan jóvenes, maduros, en fin, un jaloneo entre categorizaciones arbitrarias y subjetivas y gustos literarios generacionales, seudo problemas todos que nos llevaron a la escisión y al desacuerdo.

Pero el nuestro era solamente un proyecto editorial. Así lo presentamos ante el Fonca, como un mero proyecto, no como un sello y menos como casa editorial. De suerte yo traía en mi equipaje el savoir faire de la talacha editorial, la experiencia adquirida en departamentos de publicaciones  de organismos internacionales, dependencias gubernamentales, ámbitos académicos, y para mí fue una época formidable, aunque difícil y llena de sobresaltos. No obstante, si tuviera la oportunidad, la asumiría una y otra vez. Porque algo hay en este oficio y profesión que una vez que uno se involucra, jamás puede abandonarse.

El desenlace de aquella experiencia fue como es de suponerse la desaparición del proyecto como tal. Pero puedo decir con orgullo y tranquilidad de conciencia que por lo menos aquello que se sometió a dictamen y obtuvo el apoyo financiero se cumplió a cabalidad. El callejón sin salida fue cuando se llegó al punto álgido del proceso: la distribución de los tiros de mil ejemplares para cada título. En el mejor de los casos, lográbamos colocarlos a consignación en algunas librerías. Después de un tiempo, cuando pasábamos a ver si se habían vendido pocas, muy pocas veces lográbamos que los encargados de las librerías compartieran con nosotros el producto de esa venta. Pero se vendían, eso era cierto. Aunque aquí hay que aludir a lo que dice José María Espinasa de que las editoriales independientes “ya no están pensando en cómo vender sus libros sino en regalar los que ya hicieron y dedicarse a otra cosa”. Donde hubo mayor seguimiento fue en la librería Pegaso de Casa Lamm, que incluso nos pedía que resurtiéramos aquellos títulos que mejor se habían vendido. Sólo que en este sentido nos vimos impotentes porque para recoger el producto de la venta requeríamos estar consitituidos legalmente bajo algún régimen, y presentar nuestras facturas, cosa que no se hizo finalmente, cuando nadie del grupo mostró interés de hacerlo.

Lo único de lo que estábamos seguros en aquel entonces era que los libros estaban muy bien hechos, lo que nos ganó el respeto del público, la crítica y de los autores que querían publicar con nosotros, por la relación cercana y cordial y el cuidado depositado en la edición. Espinasa lo dice en su ponencia del Congreso de Editores Independientes: muchos de los editores independientes son también escritores. Eso facilita las cosas y convierte el proceso en una actividad gremial de intereses afines.

Las editoriales independientes son un esfuerzo por romper la homogeneización de la lectura dictada por las editoriales multinacionales; es un trabajo por el derecho a la diversidad de la lectura. Las editoriales independientes enfrentan graves y serios problemas: la producción, la distribución y, por ello, el consumo. Son producciones que no dependen de ninguna instancia para la elaboración de libros y revistas, ya que son sostenidas por sus editores y en muchos casos por sus autores, con sus becas y sus apoyos; es justo que los otengan y, por principio son sus méritos personales y profesionales, sean cuales fueren, lo que los hizo merecer dichos apoyos; pero su “mercancía” se enfrenta al problema del abandono, muchas veces sutil, al ocupar estanterías incómodas o recónditas, o al rechazo directo de las grandes cadenas libreras, con el argumento de que son libros que no se venden, que no son comerciales. Éste es el círculo vicioso de la lectura en la actualidad.

Se lee lo que las multinacionales de la edición producen y la producción editorial está sujeta al best seller de la temporada, de un producto digerible, de la moda o el escándalo político inmediato, de una literatura fácil y de desecho. Las cadenas libreras se convierten de manera plácida e inmediata en un expendio de esta literatura olvidable. Será así que tenemos que el dictado del gusto literario es marcado por Sanborns, y que las otrora afamadas librerías se convierten en un centro moderno de esta mercadotecnia empresarial: en Gandhi conviven sin rubor Cohello Mello y Lacan; Vázquez Mota y Savater. Creo que aquí en Mérida y supongo que en todas partes sucede algo parecido. ¿No es así?

Las editoriales independiente por ellos navegan contra la corriente; van en busca de un lector crítico, de un lector que busque la diversidad y la riqueza de la lectura, de la lectura como un gesto vital, necesario, como un derecho al saber y a la libertad de elegir. Alguien dijo que en el pasado hasta el futuro era mejor. No lo sé. Pero los buenos lectores son también una especie en extinción. Ésta es la propuesta de las editoriales independientes. Los retos son enormes, su destino incierto, pero no cabe duda que en esto radica su grandeza.

Por eso no queda más que seguir bregando. Yo exhorto a todos los aquí presentes a que lo dicho en encuentros, coloquios, reuniones, congresos no se quede sólo en buenas intenciones. Los exhorto al trabajo. A inventar un modo de supervivencia para lectores, autores y editores. A depender menos de los subsidios institucionales y crear canales propios y alternativos para crear y difundir. Y a no perder el tiempo en trifulcas y desplantes estériles que no benefician a nadie y sí perjudican a todos porque no son sino juegos macrabros de poder entre intereses mezquinos y sórdidos.

En Yucatán hacen falta editores independientes. Hacen falta librerías para sus productos. He visto turistas y visitantes en las principales librerías del centro histórico pidiendo libros de autores locales, me refiero concretamente a la poesía. Pero no he visto sus libros en los anaqueles. Los empleados de dichas librerías no tienen idea de lo que se les habla. ¿Dónde están las obras de los poetas yucatecos, antiguos y modernos? En las bibliotecas donde nadie los consulta, salvo el universitario o el académico especializado tal vez. El autor debe involucrarse más en su propia difusión. Si él no lo hace, nadie lo va a hacer por él. Hay que pensar entonces en reeditar y reimprimir aunque sea modestamente las obras de autores primigenios, de autores maduros que ya nadie conoce. No sólo los llamados jóvenes tienen derecho a quejarse y patalear. La literatura no es cuestión de juventud; lo dije hace años en una entrevista y me cito a mí misma: no creo que la juventud sea un estatus ontológico. Ni que los libros de poesía deban publicarse indiscriminadamente sin una conciencia clara de su calidad, independientemente de la generación o el estilo y la propuesta poética, independientemente de sus cánones. He aquí el principio de la bibliodiversidad. Hay que comenzar por la autocrítica y alejarse de la autocomplacencia.

“Los libros son vida, son la sangre de nuestras culturas, son la suma de nuestra historia y la esencia de quienes comos. Sin ellos abdicamos nuestra responsabilidad y nos convertimos en simples productores o consumidores de chatarra”, dijo Sandro Cohen también en un Congreso de Editores Independientes. Hagamo algo real por nuestra causa. No dejemos morir la letra impresa, no dejemos morir las bellas letras, no dejemos la iglesia en manos de Lutero. Pero claro, esto implica trabajar, y a menudo sin grandes recomensas financieras. Pero así es esto,  y hay que entrarle con fuerza y convicción, o bien dedicarse a otra cosa. Y recuerden: la unión hace la fuerza. Hay que integrarse en comunidad para trabajar, y hay que entregarse en comunión con lo que somos y con lo que hacemos. No hay otro camino. Lo demás es otra cosa. Y la poesía, la literatura están en otra parte.

(Texto leído en una reunión de editores y escritores independientes realizada en Mérida, Yucatán, 2007).

Gajes del Oficio. Memorias antiguas de una pequeña editora de poesía. Génesis.

De cómo me hice editora en el camino de la vida…


Tal vez haciendo una especie de “examen de conciencia” es que arribé a esta pista de aterrizaje, ni forzada ni planeando. Digamos que echando la memoria muy atrás, tanto como cuarenta años (ni debería decirlo), recuerdo que cerré con broche de oro una etapa infeliz de mi vida con un hecho feliz. La única materia de la escuela en ese entonces que me llenó de satisfacciones fue una tal English IV o algo así, donde me habían dejado como trabajo final desarrollar el tema (en inglés) “Life in Colonial Mexico”; ése debí haber escogido entre otros. El caso es que me di a la tarea de irme con mi novio a todos los rincones coloniales, Coyoacán y San Ángel, Chimalistac, y en el Centro me puse a recorrer cuantas iglesias y plazas pude visitar en el afán por retratar con mi camarita Kodak e incluir en mi trabajo testimonios vivos de los recorridos. De la biblioteca de un tío saqué (literalmente saqueé) cuanto libro y revista necesitaba para documentarme, y debo confesar ahora que no faltó el vandálico acto de recortar imágenes o de plano desprender páginas enteras (a las revistas) para ilustrar mi monografía.

Excuso decir que el trabajo lo hice en un lapso de un mes, tiempo en que me dediqué en cuerpo y alma, como hago las cosas que me gustan, a visitar lugares, leer, recortar, pegar, escribir, encuadernar, mi trabajo que, no es porque yo lo diga, mereció muy buena calificación (cosa rara en mí en aquellos tiempos de estudiante). Años después, por lo menos tres, me vine a enterar de que el trabajito aquel de fin de curso estaba sirviendo como “libro de texto” complementario en el curso de Historia de México de la secundaria del mismo colegio. Esto me lo dijo una amiga y compañera de estudios que volvió ya graduada a dar clases allí y me comentó que la directora del plantel le había dado mi trabajo como parte del material auxiliar  para que utilizara en sus clases (¿Tú crees?, me dijo, y las dos nos reímos a carcajadas). Esto debió ser en el año de 1974 o algo así. Yo me había graduado en 1970.

Y bueno, tuvieron que pasar algunos años para que yo volviera a intuir que la pasión por los libros me llevaría irreversiblemente a un oficio editorial. Siempre viajaba con uno, o dos, y hasta tres libros; cuando iba de compras, no dejaba de meterme a las secciones de libros, o a las librerías mismas para salir con varios ejemplares. Nunca voy a olvidar la Librería de Cristal que estaba en la Alameda Central en forma de pérgola donde compré uno de mis primeros con dinero propio: Soul on Ice de Eldrige Cleaver, del que nunca me separaba. Y así siguieron otros. Para mí, los libros eran mi familia, mis juguetes, digámoslo así. Porque en mi alcoba de “doncella” no se veían ni muñecas, ni peluches, sino posters, fotos, recortes, cuadros de los Beatles y mi librerito de dos entrepaños con una treintena de libros inseparables.