UAM DANA GIOIA

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El arte pictórico de Fernando Marrufo en Conkal por Z.M. Fuentes, Diario de Yucatán, 2001 (Año del Isidoro..)

Exposición póstuma de Fernando Marrufo, 200|

Diario de Yucatán. Una rosa para Fernando. Artículo a raíz del fallecimiento del artista Fernando Marrufo, por Z.M. Fuentes, 2001.

Artículo publicado a raíz del fallecimiento de Fernando Marrufo, Diario de Yucatán, 2001

Libros yucatecos. Diario de Yucatán. El lenguaje de Otro día de luz de C. Peniche Ponce, por ZM Fuentes, 2001

Texto editado (incompleto) reseña Otro día de luz, Z.M. Fuentes, Diario de Yucatán

Una vida con Serrat: Prometeo sin cadenas

Una vida con Serrat:

Prometeo sin cadenas

Per il meu amic



Tanto tiempo esperándote…

35 años se dicen de golpe: unas cuantas sílabas y así, de pronto, se van los años. Pero hay quien nace, se hace, crece, florece, rinde frutos perennes, resiste con humana terquedad, y sencillamente no se marchita, no mengua, no pasa de moda; nos acompaña en todo el trayecto de la efímera existencia que se nos ha confiado, para hacer de ella a veces una tragedia, una sátira, un auto de fe o un género mixto de romance y elegía. Tres décadas y un lustro desde que soy su fan: una vida a ritmo de balada, rumba flamenca, bolero, blues, mazurca, foxtrot, jazz, reggae, vals, otrora mal llamada “canción de protesta”…en realidad Nova Canço catalana; tango, milonga, chacarera, trova, en fin; toda la gama de estilos, atmósferas, lenguajes, géneros, registros, tonos, temas, se desencadenan  así, como una incesante retahíla, mientras que el fenómeno Serrat gravita en el universo pletórico y exuberante de una carrera artística resistente al tiempo y a los gustos de ocasión.  Así ha sido la trayectoria de este amoroso trovador –rayo que no cesa– de todos los tiempos: el niño del Poble-sec que desde el Montjuic nos hacía vibrar y apropiarnos del fuego como simples mortales, jóvenes y dúctiles aún, apenas brotados del frágil cascarón intelectual, pero deseosos de una voz, una verdad, un sentido existencial, un cánon estético, a la vez que una coherencia ideológica y social; ante todo, un sueño de amor. Ése fue para muchos de mi generación el horizonte en la década de los setenta, con sus contradicciones y desasosiegos. Sin embargo, teníamos en Serrat alguien que encarnaba nuestras inquietudes, nuestros anhelos de paz y de justicia (oh, les beaux jours,  those were the days …y después…the dream was over).

No pocos iniciamos el camino de las letras a partir de la provocación de un contestatario catalán; el agrónomo, tornero fresador, biólogo y sexador de pollos que triunfó pese al rechazo de las dictaduras y que vino a refugiarse a nuestro país en 1975, año en que muchos lo fuimos a ver, a punta de empujones y con las localidades agotadas, al Palacio de las Bellas Artes, en gayola, con el vértigo que causan las alturas y las vibras de un público feliz y exaltado que se rompía las palmas y la garganta vitoreando a su “príncipe valiente” vestido con un impecable traje de terciopelo verde botella entonando su Canción infantil (…la espuma y la nube la nieve y la lana y tú conmigo a cantar la mañana) …O su Barquito de papel sin nombre sin patrón y sin bandera navegando sin timón donde la corriente quiera…). Desde los prístinos Cantares de Antonio Machado, las conmovedoras Nanas de las cebollas o la Elegía a Ramón Sijé… con quien tanto quería de Miguel Hernández (En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes, sedienta de catástrofe y hambrienta..)., sin duda el grial de toda su producción discográfica; luego, las yuxtaposiciones de Rafael Alberti o gráciles tonadas de León Felipe. Después, el Epitafio para Joaquín Pasos quien pasaba a pie por estas calles sin empleo ni puesto y sin un peso… de Ernesto Cardenal; José Agustín Goytisolo y su Historia conocida (…que amó y vivió, cantaba hasta en la muerte, libre como los pájaros…), Benedetti, con el Sur también existe; Sabines, y la excelente versión al catalán de Serrat de La luna… fa companyia i alleuja els intoxicat de filosofia…, el deslumbramiento que nos provocaba un solitario cantautor de un inicio que se atrevió a desacralizar la gran poesía para restituírnosla a los mortales, a secuestrarla del Parnaso para ponerla al servicio de las esferas populares de donde nunca debió salir, y convencer a los casi niños de escuchar atentos, con arrobamiento, pero bajo la hipnosis de quien ve arder al fuego vivo las palabras con el embrujo irresistible de su música. Quién podía haber dejado de escuchar con atención lo que el juglar catalán nos decía, cuando apenas despuntábamos en la vida con nuestras crisis juveniles y búsquedas internas en un mundo que se convulsionaba desde siempre. En cambio, nos ofrecía el bálsamo de su Mediterráneode Algeciras a Estambul, aquel  que en la piel tiene el sabor del llanto eterno… Después, en los 80 y antes de que se quemara el que fue Teatro Esperanza Iris y Teatro de la Ciudad, contagiada por la bullanguera y a la vez solemne porra de la comunidd catalana en México que ondeaba su bandera cuando gritaba consignas esperanzadoras, yo contemplaba con ojos llorosos y en medio de sístoles y diástoles asincopadas, al entonces vecino de Campodrón, Girona (…Que no nos salen las cuentas, que las reformas nunca se acaban, que llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada…que el mundo es de peaje y provisional…).

Hace tiempo, cuando se supo que Serrat sufría de cáncer en la vejiga temí que muriera pronto porque suspendió dos años o más sus giras por América Latina. Tuve incluso un sueño: me encontraba en el presbiterio de una iglesia muy grande; era una misa de cuerpo presente. Entraba y subía por unos escalones a despedirme del que yacía en el féretro. Pero iba en pijama y pantuflas…y eso me avergonzaba, aunque subía cada escalón penosamente por doble motivo: mi inexplicable atuendo y la tristeza de ir a rendirle el último adiós a quien había partido. Sentía la opresión de la muerte confundida con el pudor por atuendo. Aún así, era más grande la voluntad de estar allí, en un solemne acto de humilde contrición por encima de la vergüenza. Era de noche. Al llegar al catafalco, me inclinaba a besar al futuro pasajero de Caronte, mi pecho hundido en un profundo duelo, pero mezclado con infinita gratitud por una vida llena de pasión por compartirlo todo con ese su público que llenaba estadios, plazas de toros, arenas, corsos, auditorios, teatros, con aquella parcela humana que lo había querido y admirado y a quien había ayudado a entender “esa larga enfermedad, la vida” -a decir de Arnoldo Kraus- gracias a una profunda voluntad de estar allí para agradecerle su sapientísimo lenguaje musical de diáfano lirismo.

Después, en plena vigilia, me alegré de que aquello hubiera sido sólo un sueño y luego, meses más tarde, tuve la dicha, como cada dos años, unas veces en el Auditorio Nacional o de plano en la plancha del Zócalo para la turba de bípedos implumes, de ir a Bellas Artes a verlo actuar, de verlo trabajar como sólo un buen capricorniano suele trabajar: a brazo partido para ganarse la vida, el respeto, la admiración y los aplausos: dando, dando todo de sí, abofeteando con su luz a las tinieblas (el verdadero sentido del artista); confiriéndo de gozo estético a los sentidos y consuelo a las congojas, al conjurarlas con el canto y transformarlas en eso que pervive después de la muerte: el aliento vital de la poesía.

Hace meses me dio, como a tantos, por ver videos en Youtube. Como Alicia en el país de las maravillas comencé a pulsar el mágico clic para ver en ese instante a quienes más disfruté y admiré en el pasado en la música de todos los tiempos. Así apareció Jacques Brel, Joe Dassin, Georges Brassens, Charles Aznavour y un jazzista, Jacques Loussier, el pianista francés que me llevó de la mano a recorrer el andamiaje de oro y piedras preciosas de la música de Johann Sebastian Bach con su Trio Play Bach. A Jacques Loussier le escribí a su página oficial para darle las gracias por haber sido uno de mis grandes maestros que me salvó de pequeña cuando perdí a mi padre y el piano llenó el vacío tomando su lugar. En aquel entonces, Jacques Loussier me respondió, entre otras cosas, y cito: “La musique et sourtout celle de Bach allège le coeur et les soufrances des hommes, parce qu’elle nous rapprochent de Dieu, meme si l’on ne’es pas croyant”(1) Ahora quiero decir algo en este espacio, pero no en la intimidad de un intercambio silencioso, sino abierta y públicamente:

Gracias, Joan Manuel Serrat, por tantos años de fascinación sentimental y sabiduría para entender, sufrir y gozar este paso que se llama vida, ésa que “de vez en cuando nos besa en la boca y a colores se despliega como un Atlas”.


Al final de cuentas, volviendo a la cruda realidad, en el momento en que redactaba este delirio el cantautor debía estarse despidiendo en el Teatro Mérida de aquellos privilegiados asistentes que pudieron pagar el boleto del concierto. Yo, como tantos otros que quedamos fuera, haré de cuenta que estuve allí, puntualmente como cada dos años desde 1975, a ver a ese amigo, hermano, maestro, farero de Capdevera, Prometeo desencadenado, que abofeteó con su luz a las tinieblas para incendiar nuestras conciencias y avivar las emociones más profundas al hacernos abrigar el sueño de transformar este mundo cruel en un mejor sitio que pudiéramos habitar sin humillaciones ni suplicios hasta morir en paz con un gracioso rictus de sorna en los labios y una mueca socarrona de felicidad.

Larga vida después de tu fugaz paso por Mérida después del Festival Cervantino en Guanajuato y antes de que sigas de gira; brindo por ti y te exhorto, como gritó desinhibida desde los palcos una desesperada asistente del público en el Palacio de las Bellas Artes hace dos años:

“¡Serrat… no te mueras nunca”!

Sinceramente tuya. Zulai.

Pubicado en el Diario de Yucatán, el 31 de octubre de 2008.

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