Memorias de una pequeña editora de poesía II por Zulai Marcela Fuentes

Hace ya algún tiempo formaba parte de un grupo de poesía llamado Nautilium (principios de los noventa). Nos reuníamos en el Café La Habana de la Ciudad de México a revisar nuestros textos. Me había acercado a ellos por medio de un amigo común; estaban comenzando a publicar sus trabajos. El grupo era heterogéneo: personas con cierta trayectoria, promisoria en su mayoría; otros ya fogueados en el oficio. De todas las edades, estilos, propuestas, ocho en total. Cumplimos nuestra intención de dar forma impresa a nuestro trabajo. El mío, en particular, había obtenido una mención en un certamen nacional, de modo que el escrutinio fue clemente. Más adelante, decidimos apelar al apoyo financiero del FONCA para publicar obras de otros escritores. Lo obtuvimos por concurso. En mí recayó la responsabilidad legal y la representación del grupo y el proyecto. Con el financiamiento alcanzamos a publicar seis títulos más, entre ellos el primer volumen de una pretendida colección de traducción de poesá: Rilke fue nuestro anfitrión con el cáliz inédito de su Réquiem para una amiga, poema extenso en versión parafrástica de Guillermo Rousset Banda y Petra Scönhage ilustrado por Carla Rippey. Mi esposo y yo trabajamos intensamente al mismo tiempo que esperábamos la llegada de nuestro segundo hijo. En dos años trabajamos con pasión editorial combatiendo, entre nuestros propios compañeros, el culto a la personalidad, la tendencia a publicar –más que poesía– a los poetas amigos, conocidos, recomendados, como parece ser la tónica de muchos sellos editoriales. Combatiendo el capricho y las rabietas por publicar poetas jóvenes, no tan jóvenes, maduros, en fin, un jaloneo entre categorizaciones arbitrarias y subjetivas y gustos literarios generacionales, seudo problemas todos que nos llevaron a la escisión y al desacuerdo.

Pero el nuestro era solamente un proyecto editorial. Así lo presentamos ante el Fonca, como un mero proyecto, no como un sello y menos como casa editorial. De suerte yo traía en mi equipaje el savoir faire de la talacha editorial, la experiencia adquirida en departamentos de publicaciones  de organismos internacionales, dependencias gubernamentales, ámbitos académicos, y para mí fue una época formidable, aunque difícil y llena de sobresaltos. No obstante, si tuviera la oportunidad, la asumiría una y otra vez. Porque algo hay en este oficio y profesión que una vez que uno se involucra, jamás puede abandonarse.

El desenlace de aquella experiencia fue como es de suponerse la desaparición del proyecto como tal. Pero puedo decir con orgullo y tranquilidad de conciencia que por lo menos aquello que se sometió a dictamen y obtuvo el apoyo financiero se cumplió a cabalidad. El callejón sin salida fue cuando se llegó al punto álgido del proceso: la distribución de los tiros de mil ejemplares para cada título. En el mejor de los casos, lográbamos colocarlos a consignación en algunas librerías. Después de un tiempo, cuando pasábamos a ver si se habían vendido pocas, muy pocas veces lográbamos que los encargados de las librerías compartieran con nosotros el producto de esa venta. Pero se vendían, eso era cierto. Aunque aquí hay que aludir a lo que dice José María Espinasa de que las editoriales independientes “ya no están pensando en cómo vender sus libros sino en regalar los que ya hicieron y dedicarse a otra cosa”. Donde hubo mayor seguimiento fue en la librería Pegaso de Casa Lamm, que incluso nos pedía que resurtiéramos aquellos títulos que mejor se habían vendido. Sólo que en este sentido nos vimos impotentes porque para recoger el producto de la venta requeríamos estar consitituidos legalmente bajo algún régimen, y presentar nuestras facturas, cosa que no se hizo finalmente, cuando nadie del grupo mostró interés de hacerlo.

Lo único de lo que estábamos seguros en aquel entonces era que los libros estaban muy bien hechos, lo que nos ganó el respeto del público, la crítica y de los autores que querían publicar con nosotros, por la relación cercana y cordial y el cuidado depositado en la edición. Espinasa lo dice en su ponencia del Congreso de Editores Independientes: muchos de los editores independientes son también escritores. Eso facilita las cosas y convierte el proceso en una actividad gremial de intereses afines.

Las editoriales independientes son un esfuerzo por romper la homogeneización de la lectura dictada por las editoriales multinacionales; es un trabajo por el derecho a la diversidad de la lectura. Las editoriales independientes enfrentan graves y serios problemas: la producción, la distribución y, por ello, el consumo. Son producciones que no dependen de ninguna instancia para la elaboración de libros y revistas, ya que son sostenidas por sus editores y en muchos casos por sus autores, con sus becas y sus apoyos; es justo que los otengan y, por principio son sus méritos personales y profesionales, sean cuales fueren, lo que los hizo merecer dichos apoyos; pero su “mercancía” se enfrenta al problema del abandono, muchas veces sutil, al ocupar estanterías incómodas o recónditas, o al rechazo directo de las grandes cadenas libreras, con el argumento de que son libros que no se venden, que no son comerciales. Éste es el círculo vicioso de la lectura en la actualidad.

Se lee lo que las multinacionales de la edición producen y la producción editorial está sujeta al best seller de la temporada, de un producto digerible, de la moda o el escándalo político inmediato, de una literatura fácil y de desecho. Las cadenas libreras se convierten de manera plácida e inmediata en un expendio de esta literatura olvidable. Será así que tenemos que el dictado del gusto literario es marcado por Sanborns, y que las otrora afamadas librerías se convierten en un centro moderno de esta mercadotecnia empresarial: en Gandhi conviven sin rubor Cohello Mello y Lacan; Vázquez Mota y Savater. Creo que aquí en Mérida y supongo que en todas partes sucede algo parecido. ¿No es así?

Las editoriales independiente por ellos navegan contra la corriente; van en busca de un lector crítico, de un lector que busque la diversidad y la riqueza de la lectura, de la lectura como un gesto vital, necesario, como un derecho al saber y a la libertad de elegir. Alguien dijo que en el pasado hasta el futuro era mejor. No lo sé. Pero los buenos lectores son también una especie en extinción. Ésta es la propuesta de las editoriales independientes. Los retos son enormes, su destino incierto, pero no cabe duda que en esto radica su grandeza.

Por eso no queda más que seguir bregando. Yo exhorto a todos los aquí presentes a que lo dicho en encuentros, coloquios, reuniones, congresos no se quede sólo en buenas intenciones. Los exhorto al trabajo. A inventar un modo de supervivencia para lectores, autores y editores. A depender menos de los subsidios institucionales y crear canales propios y alternativos para crear y difundir. Y a no perder el tiempo en trifulcas y desplantes estériles que no benefician a nadie y sí perjudican a todos porque no son sino juegos macrabros de poder entre intereses mezquinos y sórdidos.

En Yucatán hacen falta editores independientes. Hacen falta librerías para sus productos. He visto turistas y visitantes en las principales librerías del centro histórico pidiendo libros de autores locales, me refiero concretamente a la poesía. Pero no he visto sus libros en los anaqueles. Los empleados de dichas librerías no tienen idea de lo que se les habla. ¿Dónde están las obras de los poetas yucatecos, antiguos y modernos? En las bibliotecas donde nadie los consulta, salvo el universitario o el académico especializado tal vez. El autor debe involucrarse más en su propia difusión. Si él no lo hace, nadie lo va a hacer por él. Hay que pensar entonces en reeditar y reimprimir aunque sea modestamente las obras de autores primigenios, de autores maduros que ya nadie conoce. No sólo los llamados jóvenes tienen derecho a quejarse y patalear. La literatura no es cuestión de juventud; lo dije hace años en una entrevista y me cito a mí misma: no creo que la juventud sea un estatus ontológico. Ni que los libros de poesía deban publicarse indiscriminadamente sin una conciencia clara de su calidad, independientemente de la generación o el estilo y la propuesta poética, independientemente de sus cánones. He aquí el principio de la bibliodiversidad. Hay que comenzar por la autocrítica y alejarse de la autocomplacencia.

“Los libros son vida, son la sangre de nuestras culturas, son la suma de nuestra historia y la esencia de quienes comos. Sin ellos abdicamos nuestra responsabilidad y nos convertimos en simples productores o consumidores de chatarra”, dijo Sandro Cohen también en un Congreso de Editores Independientes. Hagamo algo real por nuestra causa. No dejemos morir la letra impresa, no dejemos morir las bellas letras, no dejemos la iglesia en manos de Lutero. Pero claro, esto implica trabajar, y a menudo sin grandes recomensas financieras. Pero así es esto,  y hay que entrarle con fuerza y convicción, o bien dedicarse a otra cosa. Y recuerden: la unión hace la fuerza. Hay que integrarse en comunidad para trabajar, y hay que entregarse en comunión con lo que somos y con lo que hacemos. No hay otro camino. Lo demás es otra cosa. Y la poesía, la literatura están en otra parte.

(Texto leído en una reunión de editores y escritores independientes realizada en Mérida, Yucatán, 2007).

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El coloso de Brooklyn

El coloso de Brooklyn

Zulai Marcela Fuentes

I was loved, but I was hated

For being what I was.

(Henry Miller)

HENRY MILLER (1891-1980), gran erotómano de vertiginosa intensidad y lirismo, me atrapa no por su lubricidad compulsiva, sino porque su lenguaje actúa en mí como un torrente de descargas generadoras de un trance que sólo puede provenir del hecho estético, del goce del espíritu, del orgiástico festín de los sentidos y la mente. A mí no me interesa si Miller es tildado de pornógrafo o de gigante de la literatura. Yo lo disfruto enormemente porque estoy ante un visionario de honestidad a prueba de fuego, cuya prosa impregna la literatura de vida y de verdad. Él, que como Dante ya descendió hasta los abismos de la existencia y conoció tantas de sus más insólitas anfractuosidades, puede ofrecer toda la riqueza personal de un individuo que se convirtió en un ojo, un inmenso reflector que escudriña a lo ancho y a lo lejos, que gira incesante y despiadadamente. Un ojo con el que puso en actividad todos sus atributos en un intento por ver, por absorber la tragedia de este mundo, según sus propias palabras.

En Trópico de Capricornio, Miller va de la anécdota a la reflexión sin detenerse jamás. Su discurso se transforma en un río caudaloso lleno de rupturas de pendientes. Para navegar en él es preciso remar sin tregua y saber que una vez inmerso en la corriente no cabe detenerse ni dar marcha atrás. Pero el río posee un curso y, así, Miller nos lleva desde un punto de partida que es su vida de joven dentro del sistema de telégrafos de la Western Union y la miríada de personajes que desfilan delante de su escritorio en busca de empleo: el mundo en su presencia habitado por menesterosos de todas las raleas en quienes ve, mediante su abstracción romántica, valores originales perdidos en Estados Unidos de América, esa tierra de promisión que devoró las aspiraciones de tantos seres y se convirtió en el monstruo y la quimera de las más aberrantes pesadillas. Tal es su conclusión: el hombre blanco aniquiló a los pueblos; ahora éstos se vierten y revierten hacia el mundo nuevo en busca de salvación. Miller osó definir así algunas cosas, y por eso sus libros fueron rechazados en su país, no tanto por sus descarnadas escenas de sexo, sino porque la verdad, expuesta en cualquier de sus aspectos sensibles, duele de tan cruda, de tan certera.

“Lucho en contra de una muerte oceánica en la que mi propia muerte no es sino una gota de agua que se evapora”. Así nos dice que el hombre ha creado un engendro llamado urbe, cuya voracidad penetra hasta el tuétano de la vida. El hombre tiene que morir para nacer de nuevo y restituirse a su condición humana (Il faut se perdre pour se retrouver decía Proust). Empapado en delirio poético, Miller avanza en su propio río de caudal desbordante y se regodea en los meandros de la sexualidad, un torbellino sin límites gracias al cual él encuentra su alma. Porque Miller es un cuerpo con alma. Por eso se atreve a afirmar que la genitalia se pone al servicio de todo el ser y a partir del acto creativo por excelencia surge todo lo demás, no en la gestación sino en el coito mismo. El nuevo ser no es, entonces, el ser generado, sino el ser genitor. Hay que vivir despiertos: “Si viviéramos verdaderamente despiertos quedaríamos pasmados ante el horror de la vida cotidiana”, nos dice Miller; él lo experimentó a flor de piel en el transcurso de su larga vida. Cada una de sus obras dan prueba de ello, aunque él mismo confesara que la sola idea de escribir un libro le horrorizaba al no saber ni siquiera por dónde comenzar.

Para leer y asimilar a Miller es necesario hacerse a la mar después de atravesar los rápidos a remo y vela hasta quedar convencido ante la idea de que debe lucharse más allá del yo para resurgir y reintegrarse –desde el centro de las propias entrañas- hacia ese nuevo ser generador de sí mismo al que Henry Miller y todos los profetas y artistas trascendentes tanto defendieron.