Congreso Internacional de Literatura Postrimerías 22, 23 y 24 de abril de 2010. Mérida, Yucatán, México.

El último y nos vamos

Zulai Marcela Fuentes

In memoriam F.A.

Hermana fabulada suave cómplice

El olvido quisimos

Rencores y perdones reiterados

Ebrio de soledad y ciego de ternura

Niego todo retorno y me confino

Escapemos acaso a regiones más altas…

FEDERICO ANGULO

Éramos un mar de genios agrestes sentados en forma de herradura. Todos los días de nueve a dos nos veíamos la cara las cinco horas completas. Tan agrestes estábamos que alguno de nosotros preguntaba en clase de fonética si las cuerdas eran vocales o bucales, y en gramática no faltaba el descaminado que quisiera saber qué tiempo verbal era ése de “pasado histórico”.  Sagaces comentarios como éstos hacían difícil de creer que nos hubieran elegido cuidadosamente de entre más de una centena de aspirantes.

Sucedió en el crepúsculo de los años setenta, cuando una noche sonó el teléfono y me diste la estupenda noticia de que me habían aceptado y concedido la media beca. A partir de esa semana te vi llegar: chaparrito, barba pelirroja, siempre con un cigarrillo en la boca o en la mano. Cuántos garabatos escribías en el pizarrón mientras nosotros, perdidos entre las contexturas de Borges, nos enredábamos en La trama contigo, que nos dabas devoción e intensidad en cada clase. Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, y ya no se defiende y exclama: “¡Tú también, hijo mío”. Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Llevábamos casi dos meses escuchando las peroratas de los académicos; peor aún, soportando las simplonerías de ciertos compañeros. Había que integrarse en equipos para discutir cada frase, cada punto o coma que decidiéramos escribir. Era toda una monserga, un purgatorio. Yo descansaba finalmente cuando llegaba la hora de comer. Ya en la abarrotada cafetería esperaba a que sirvieran el acostumbrado caldo con agua de sobra y ansias de verduras, junto con escasísimas hebras de pollo. Pero la comida valía la pena sólo por el postre. La madre de Valeria nos regalaba dulces, pastelillos y todo tipo de deleites que compensaban la frugalidad de los alimentos que los precedían. Nos llevaba borrachitos, empanadas de coco; pastelitos de viento; yemitas y cuadritos de nougat y en días especiales trufas de chocolate con nuez molida. En realidad, eran como pedacitos de gloria. Mientras engullía los postrecitos, te observaba. Te sentabas lejos. Comías solo, con la vista baja sumido en tus abismos. En más de una ocasión  quise dejar el alboroto para ir en tu búsqueda y descender contigo por las pendientes de tu alma. Pudimos haber compartido ese silencio, ese deseo de permanecer aparte, comiendo frente a frente sin atravesar el umbral de la soledad. Si acaso, invitarte un trozo de dulzura, no sé, cualquier cosa que te quitara la grima.

Pasaron septiembre y octubre. Vino la época de la recta final, ocaso de un año industrioso. Diez meses a cuestas no bastaban, aún había que terminar dignamente otro ciclo: lecturas obligadas, clases, tareas. Pero en medio del tedio habitual me animaba el calor tímido de invierno con sus días de interiores y sus noches consteladas donde flameaban las lunas.

Una mañana nos avisaron que podíamos pasar a cobrar la beca. Felices por el puente de Todos Santos y Muertos, corrimos en tropel; decanos y novicios por igual nos apretujamos frente al mostrador de la caja para recoger nuestra simbólica prebenda, que por entonces significaba más de lo que valía, aunque no nos permitiera comprar más que uno que otro libro o alguna bagatela de vez en cuando. Por fin, cuatro días sin el agobio de traducir en equipo. Tan sólo eso era como un fin de semana largo en el paraíso.

En la fila te tocó cobrar antes que a mí; éramos los últimos. Nervioso, envuelto en una nube del humo de tu cigarrillo, firmabas los recibos de los cheques que te daban: uno, tres, no sé cuántos. Asombrada me animé a preguntarte ¿Qué vas a invitar? Un paseo en bateaux-mouche por el Sena, me dijiste. Nuestros ojos se encontraron, y fue entonces cuando alcancé a ver la tempestad y una capa espesa de neblina. ¿Otro más?, volví a preguntarte incrédula de que aún te faltara firmar un último cheque. Con un guiño me dijiste: el último y nos vamos.

El puente terminó en menos de un suspiro. Cuando vimos, ya estábamos de nuevo sentados como de costumbre en forma de herradura. Lunes, no llegaste. Martes tampoco. Miércoles, aparece Monique vestida de negro. Comienza a pasar lista, pero la interrumpe el llanto. Murió, ya lo encontraron, dijo con la voz hecha nudo. A mí se me hundió el pecho hasta el fondo del vacío. Los demás debieron sentir lo mismo porque sencillamente no hablaban; algunas se pusieron a llorar; la mayoría permanecimos en silencio con todas las preguntas que pueden generarse, a borbotones, en cascada, aunque a mí no me sorprendió demasiado; sólo que nunca me imaginé que sucediera tan pronto, y menos después de recibir tanto dinero, según yo.   Pero el hecho es que en cuatro días tu vida se había filtrado más allá de la niebla para convertirte en un vagabundo del infierno, un fantasma ebrio de soledad y ciego de ternura como leí después en tus Cantos de humo y sombra que otros alumnos tuyos se afanaron en publicar dos años después.

Bebiste la cicuta, pero no bastó; fue necesaria la gracia repentina de un disparo. Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención: ¡Pero, Ché! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

Texto leído en la segunda sesión en la mesa junto con Melba Alfaro, Roberto Azcorra, Verónica García Rodríguez,Pablo Brescia y Beatriz Espejo.

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La Monja Roja

No me llores pobre, llórame sola

De Elvia sólo queda una mano temblorosa que sostiene un cigarro tras otro. Habita un pequeño departamento en Puente de Alvarado, allí por la antigua Ribera de San Cosme, un inmueble grande y antiguo que en otro tiempo formó parte de un conjunto de viviendas de lujo para familias pequeñas. Por compañía tiene un solo hijo, hombre casi tan viejo como ella o, si he de rectificar, tan estragado por la vida que es en vano tratar de adivinar su edad porque la borrachera lo convierte en alguien imposible de definir.

Vamos, me dice mi abuela, y yo me veo obligada a seguirla sin protestar pese a la flojera de tener que viajar en camiones atestados por rumbos desconocidos. Cuando al fin llegamos al zaguán donde vive Elvia, nos detenemos frente a una reja gigantesca de profusos diseños florales que se abre después de despertar al viejo conserje que dormita en el escalón de la entrada. Válgame, si son ustedes., dice el viejo sorprendido al volver de su letargo. La doña se pondrá feliz, hace semanas que no viene nadie a verlos, con eso de que el muchacho ya no se levanta. Atiende tu negocio, no sea que vaya a meterse un amigo de lo ajeno, contestó mi abuela enojada. Me dirá qué podrían robar aquí, insiste el portero que no tiene otro afán que ver que entren y salgan las pocas personas vivas en este inmueble cohabitado por fantasmas.

Al entrar caminamos por un larguísimo pasillo flanqueado por una procesión de puertas de viviendas que se siguen unas a otras como si no fuesen a terminar. Al fondo, y en medio de una gran explanada, hay un enorme rectángulo profundo recubierto con mosaicos blancos y azul turquesa. Es una piscina que ahora llenan con basura, ropa vieja, periódicos y botellas vacías. De vez en cuando levanto la cara para ver el cielo y los aleros de hierro que sostienen cristales rotos de colores tenues, ámbar, lila, verde claro, azul cielo,  por donde entran y salen golondrinas y creo que hasta murciélagos. Pronto nos encontramos ante la puerta angosta del número trece y los ruidosísimos toquidos de mi abuela me hacen bajar la vista. Le duelen los nudillos al golpear, así que se quita un zapato y aporrea la entrada con el tacón. Se abre la puerta de madera y sale la tía Elvia produciendo humo desde los dedos macerados en tabaco con una sonrisa esplendente, la cabellera cobriza y rizada prendida en la nuca con peinetas de carey y lentes bifocales como urnas transparentes que guardan esmeraldas.

Si no tiras esa pestilencia no te beso ni entro a visitarte, le advierte mi abuela. Elvia ríe a carcajadas, abraza a mi abuela larga y efusivamente, mientras veo como ruedan lágrimas en sus mejillas retocadas con polvo de arroz, milagrosamente tersas aún y blancas en extremo, ¿Cómo crees que voy a olvidarme de ti? Dónde está tu calvario, ¿no se ha muerto todavía? Dice mi abuela desparpajada. Hijo, mira, te trajeron una botellita de Martell.

Saco una olla de leche, teleras, conchas y corbatas. Pongo la mesa mientras las viejas platican y se ponen a desempolvar recuerdos. Ya en el año de 1912, como maestra rural, había fundado una liga de mujeres campesinas. Toda su vida luchó ferozmente hasta merecer una curul. Sucedió cuando a su hermano lo eligieron gobernador en aquellos tiempos de gloria tan efímera. En los altísimos muros descarapelados se extiende un tapiz de fotografías y recortes de periódicos amarillentos enmarcados donde el gobierno la condecora; hay varias medallas al mérito; noticias de elecciones ganadas, fotos y fotos de familia, de congresos obreros, de viejas haciendas, los titulares y fotos de un fusilamiento. ¿Y esas dos mujeronas? Son Gina Lombroso y Leontina Zanta, dos italianas que escribían panfletos. ¿Y esa cicatriz? Es de una bala, dice mientras nos muestra algo en su piel. En una de sus andanzas la balearon en Guadalcázal porque el cacique tenía miedo de que triunfara en aquel distrito. ¡Las mujeres han despertado de su letargo!, decía el titular de un diario. Su hermano la había incitado a leer a Marx, a Lenin y a Gorki. Le había dicho no tengas miedo, apóyate en mí, trabaja con las mujeres. Pero lo mataron. Así es el poder, te lleva de la mano, te remonta, luego te suelta y caes rodando. Mi abuela me contó que vistió de negro mucho tiempo, se puso flaca, los ojos se le sumieron y las canas cundieron en su cabellera. Decía que a su hermano Gonzalo también lo encarcelaron, pero que el antiguo patrón de Xcanatún pagó una fianza generosa y lo dejaron libre. Los demás, el tío Manuel, mi abuelo y quién sabe cuántos otros tuvieron que escapar disfrazados de mestizas.

Elvia, qué vida tan azarosa. Ahora recibe una pequeña pensión del estado. Todos los vecinos la quieren, de cariño le dicen la monja roja. Un charro cantor es su vecino y cada vez que venimos nos saluda. A mí me regala caramelos y me aprieta los cachetes.

¿Por qué no lo internas en Tepexpan, en el asilo de incurables? Tú solita no puedes, le dice en voz baja mi abuela. Se casó a los trece años; no acababa de jugar con muñecas cuando nació el chamaco, y a los veintiuno ya era viuda. No quiero que se quede solo, contestó con la mirada humedecida. Por eso, allá por lo menos le darán de comer, insiste mi abuela. A Pepe tuvimos que meterlo, con el parkinson no podía ni sostener una cuchara. Hacía mucho que el médico de la liga de resistencia le había pronosticado que iba a quedar así tarde o temprano, tan buen reportero que era.

Nos vamos, dice mi abuela. Le promete regresar muy pronto. Recojo los trastes después de lavarlos, y las primas se vuelven a abrazar como si ya no fueran a volverse a ver jamás. Salimos en silencio. Ella se asoma al balcón con su bata de paño escarlata para decirnos adiós con un cigarro entre los dedos listo para encenderse. En el trayecto del tranvía viajamos calladas, con plomo en el pecho.

Pasan varias semanas. Un lunes me sacan temprano de la cama. Vístete, nos vamos, me dice mi abuela nerviosa, visiblemente abatida. Agitadas llegamos corriendo al departamento de Puente de Alvarado, esta vez lleno de vecinos y burócratas de traje azul oscuro y gafas negras. Nos abrimos paso hasta que la vemos tendida en su cama y al hijo llorando de rodillas. Hay algunas coronas florales con nombres de sindicatos. Todo huele a nardo y azucena. El Charro Avitia nos dice que pronto vendrán a llevársela. Le dije que no saliera sola, que sus ojos ya no eran de fiar, nos dijo consternado. Tal vez fue mejor así, don Paco, esta ya no era vida.

Parece Bella Durmiente con un vestido rojo de satín ajado que sólo deja al descubierto las manos blancas y los pies desnudos. Los ojos esmeralda cerrados para siempre, Elvia yace en un camastro con las alas rotas; así no podrá volar al infinito porque además no cree en esas cosas. Tal vez permanezca en algún resquicio de la memoria, en las biografías, en los actos cívicos, en las efemérides; con suerte, en algún lugar desprovisto de artificios, más allá de los mármoles de los sepulcros y las hieráticas estatuas conmemorativas, donde todo sea tan real como su antigua belleza y sus agallas.

El santuario de Ixchel

por Zulai Marcela Fuentes

para Hernán Lara Zavala

Ninguna culpa tenían los vietcongs que masacró y menos aquellas mujeres y niños macilentos cuya piel cetrina se teñía de rojo después del vuelo de los bombarderos. Qué tenía él que ver en todo eso, cuando su única ambición había sido convertirse en mecánico especializado para ganar mucho dinero. Buen trabajo iba ahora a desempeñar sin una mano, con un clavo de platino en la cadera. Maldita suerte el estallido de aquel campo minado no contento con su infernal monotonía de selva, tentáculos de palmeras y hojas gigantescas que abrazan asfixiando, víboras como lianas confundiendo, invitando, no a comer el fruto prohibido, sino a dejarse compartir por el veneno, pócima oportuna que evitaría otra muerte peor que la de ver morir a mano propia a esos seres de color cetrino, cubiertos de vísceras que violentaron las armas.

No lo aguardaba una mujer. Demasiado pedirle a Penelope que postergara todo ese calor difícilmente contenible, esa piel que hay que dar a tocar a quien sea, cuando el verano exige amor a raudales. Cómo habrían sido entonces aquellos dos veranos de ausencia. Otras manos habrían hecho lo mismo que las suyas cuando rodeaban la cintura, estrechaban las caderas, y los pechos se le adherían con sudor al propio pecho. Y las lenguas a buscarse junto con los ojos tímidos del inicio, cuajados de preguntas los de ella, evasivos de respuesta los de él, porque sólo sabía que tenía que irse, que dejarla por algún tiempo o bien definitivamente. Cómo saberlo si al fin ése tampoco era su problema.

Empaca lo necesario: varias prendas de mezclilla, sus mismas botas de la armada que habían recogido polvo de tantos caminos imposibles de cruzar. Antiguos enseres para acampar bajo las estrellas. Eso sí lo hará dichoso, por lo menos instantáneamente. Dormir de cara al firmamento, ser único testigo de la permanencia y estática aparentes de un cielo donde seguramente no habrá vísceras explotando, gritos obscenos, devastación inútil. Ahora esas mismas estrellas le marcan el rumbo hacia el sur. México siempre estuvo tan cerca, tan barato. No hay necesidad de inventar nuevos paraísos. Detrás de la desolación hay otro cielo, otra tierra. La pensión debe bastar para darse buena vida. Pero qué caso tendría andar por ahí como tanto gringo camarón con gafas negras, tirado como fardo en una playa repleta de venteros ambulantes. Hay que cuidarse de gastar la pensión en idioteces. Además, existen tantas formas de viajar. Tal vez vuele de Tallahassee a Cozumel y ahí pruebe a sumergirse en el cristal y olvidar en su fondo turquesa tanta desdicha. Lavar la culpa hasta que la devoren las bestias marinas o se vaya por otras corrientes hacia la zona crepuscular.

Llega el día de partir. Quiere ver los templos que sólo conoce a través de las crónicas y litografías de Stephens y Catherwood. Y al mismo tiempo se pregunta por qué el trópico, como si su estancia en los campos de CuChi no hubiera bastado. Desde luego que aquella no fue su elección, en tanto que ahora es distinto. Se convence de su acierto en cuanto desciende del avión. Tres o cuatro días bastarán para remojarse y bruñir la piel descolorida a base de encierro prolongado en el Veterans’ Memorial durante su convalecencia. Al muñón le hace falta salir de su escondite aunque sea para provocar malsana curiosidad. Su cojera también lo hace objeto de burla. Pero minusválido y todo sigue siendo blanco y a nadie le importa que haya perdido la guerra.

Después de acomodar sus cosas en un hotel barato del centro de la isla se dispone a recorrerla. No sin antes probar algún bocado, absteniéndose, claro, de los restaurantes demasiado asépticos con aire acondicionado. Él ya conoce el sabor de la inmundicia; tampoco añora las hamburguesas ni las papas a la francesa. En el mercado estará como en su casa. Moctezuma no tiene por qué vengarse de él que acaba de expiar todos los pecados del mundo en tan sólo dos años de su vida. Entonces por qué rehusarse a un buen pesado frito acompañado de frijol, aunque, a decir verdad, Cortés también desembocó en Cozumel. Algo hay de evocativo en estas caritas de color cetrino. Será su rostro marcado de antiguo genocidio.

En el mercado hay toda clase de frutas apetitosas; sobre todo mangos muy verdes que se comen salpicados de un polvito rojo muy picante; también un agua lechosa que llaman horchata. En CuChi solían beberla, pero no tan dulce. Pensar que no lleva gastados ni veinte dólares en tres días y ha comido hasta saciarse como no lo había hecho en años. Hay que conocer la isla, adentrarse en ella, penetrar sus caminos recónditos a sabiendas de que no habrá emboscadas ni campos minados, ni aldeas por arrasar. De modo que guarda varios mangos en su mochila, llena su cantimplora y pregunta cuál es el camino al santuario de Ixchel.

–—Mejor llévese un guía, se puede perder.

—Gringo no ser estúpido, sobrevive guerra.

—¿Ya se le quitó el chorrillo?

—Llevar mangos verdes para curar.

—Tómese algo, no le busque.

—Gringo escapar la muerte.

Emprende el camino a pie bajo un sol canicular que desafía toda cordura. Inicia el recorrido en un pequeño sacbé que seguramente lleva después de muchos kilómetros hacia algún vestigio de adoratorio. Pero la monotonía de selva lo hace desviar la ruta en busca de alguna sorpresa. Quiere probar si es capaz de llegar sin necesidad de seguir el camino blanco. No avanza ni un kilómetro cuando disminuye el paso a causa de ciertos espasmos en el vientre. Seguramente Moctezuma…qué decir, si éstos no eran sus dominio, ¿o lo eran? Va de alivio, sólo que al siguiente kilómetro lo vuelve a abatir el vientre. Ni modo, el cuerpo exige, no hay más que hacer. Pero esta vez una ligera sensación de vértigo lo obliga a descansar en una piedra. Bebe por segunda ocasión de la cantimplora que se torna más ligera a medida en que el sol arrecia. Cuando llegue al santuario le pedirá a la diosa que lo ayude. Quizás ella también se confunda y piense que llegó Kukulkán, blando y barbado, de allende los mares. Tal vez se transforme en mujer de carne y hueso y se apiade de este pobre diablo. Pero, ¿se pueden sentir escalofríos en medio de una selva calcinante donde sudan hasta las piedras, donde la tierra embriaga de tan húmeda, donde el aire no es aire y sólo jadeando se puede acumular el suficiente oxígeno para abastecer momentáneamente los pulmones? Sobreviene el vómito: una cascada verde y espumosa se precipita antes de que logre incorporarse. De rodillas ve sonriente que los mangos hacen sus estragos. No son como los que caen maduros sobre la Avenida Oeste. Estos sí son bravos, sobre todo por lo picantes. Con suerte ya estará mejor después de arrojarlo todo. Tal vez si intenta comer otro mango: similia similibus curantor…Ya se repondrá, pero faltan kilómetros para que llegue. Podría intentar buscar el sacbé y ahorrarse unos pasos. Podría devolverse. Absurdo. Tanta experiencia para terminar amedrentándose por un simple malestar pasajero.

Un buen caminante que abarca grandes trechos en poco tiempo sin más brújula que los astros y su sentido de orientación puede sobrevivir a cualquier percance. Por eso lleva su navaja suiza en caso de que algún animalillo quiera aventajarlo. Qué podría ser, ¿un jabalí?, ¿un ocelote? Quién piensa en eso con ese dolor de vientre que le recuerda las vísceras agonizantes de sus víctimas. Pero eso era otra cosa. La descarga de relámpagos era incomparablemente más violenta que unos cuantos mangos verdes y agua contaminada. Bueno, tal vez la carne de cerdo en achiote, si no estaba bien cocida, y el hielo que picaban de las paredes de la nevera de cervezas en la cantina. No, la metralleta era definitivamente más devastadora. Nuevamente la cascada de espuma verde interrumpe sus conjeturas y lo obliga a ponerse a horcajadas sobre el lecho rojo de arcilla y después a recargarse dificultosamente en un tronco quemado. El sol va cediendo en su inclemencia por lo que decide cerrar los ojos, mientras un sudor helado recorre su espina. El clavo de platino parecería estar haciendo mella y el muñón siente el clamor de la mano ausente. Tal vez hoy sea el 13 ahau, “el día alcanzado”.

Ahora una serpiente con mandíbulas descarnadas inmensamente abiertas. Es Xibalbá que sale de su inframundo. Ve su propio cuerpo dentro de un sarcófago inscrito y a medio abrir, y siente el aroma del copal. Se incorpora para vomitar de nuevo y es entonces cuando ve los pies desnudos de una mujer morena. Hacia arriba, piernas torneadas y apetitosos muslos flanquean un murciélago frondoso y negro que cuelga de un vientre maduro e insólito.

Trata de incorporarse todavía, pero ella se agacha y se tiende a su lado en la superficie del lecho de jengibre. Quiere abalanzarse encima de ella, pero al hacerlo queda de cuatro patas sobre el fango. La lluvia cae despiadada sobre sus espaldas. Tal vez así saciará la sed que lo consume y que los dos últimos tragos de la cantimplora no alcanzaron a saciar. Por si fuera poco, sigue expulsando el cuerpo. Al par del espasmo furibundo arroja cuanto de acuoso posee en su interior. En un tenesmo prolongado ignora si arroja heces o sus propias tripas convulsionadas.

La noche le llega recargado en un chacá, inmóvil. Ya no puede seguir caminando ni encontrar el sacbé, ni seguir su propio rastro. La lluvia lo ha borrado. Ya no verá el templo de Ixchel, ni las cuevas submarinas, ya no recordará los campos de CuChi, ni los pechos en racimo de Penelope. Ya no tendrá que cojear ni usar el garfio o la mano mecánica que le habían sugerido los médicos de Tallahassee, ni soñará con las tripas dinamitadas de las víctimas. Tampoco verá el sol canicular ni los hambrientos zopilotes cincunvolando sus despojos sobrevivientes de la guerra.